domingo, 1 de diciembre de 2013

Política intervencionista de Estados Unidos

 Hemisferio occidental
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Desde principios del siglo XIX no han faltado voces en Estados Unidos que predicasen la conveniencia de convertir a Sudamérica (sobre todo Centroamérica y el Caribe) en un futuro dominio norteamericano. La anexión de Texas (1845) y la guerra contra México (1846-48) confirmaron tales propósitos, pero en aquella época los EEUU se encontraban ocupados todavía en su propia construcción nacional. Y es que al tiempo que no ocultaban su interés por el Caribe creían que esta región, y Sudamérica en general, terminarían cayendo de forma natural dentro de su órbita de influencia. Así lo expresaba en 1823 el futuro presidente John Quincy Adams cuando comparaba a Cuba con una ‘fruta madura’.

La ‘política de la estaca’, esto es, las intervenciones militares, y la ‘diplomacia del dólar’, es decir, una política de cooperación económica y financiera con países más o menos atrasados son las dos armas que utilizaron los EEUU en el ámbito internacional, concretamente en Sudamérica.

Ese mismo año se daba a conocer la Doctrina Monroe (formulada por el presidente John Quincy Adams y atribuida a James Monroe), “América para los americanos”. Donde se prevenía a los europeos contra posibles intervenciones y se prohibía la continuación del colonialismo en el continente americano, y es que Sudamérica pertenecía, en el sentir de entonces, a una zona que, debido a su evolución política, se encontraba, igual que EEUU, desvinculada del Viejo Mundo, Europa, y por tanto representaba también a América. En esta Declaración también se afirma que los EEUU considerarían un peligro para su paz y seguridad todo intento de las potencias europeas de extender su caduco sistema monárquico a cualquier región del Hemisferio Occidental (que por su posición geográfica y su sistema político formaba una región con personalidad propia, una región de repúblicas, frente a las monarquías europeas). Dado que los estados sudamericanos, tanto desde un punto de vista económico como político, eran amigos y aliados de EEUU, dicho país perdería todas aquellas ventajas derivadas de sus relaciones naturales con ellos si uno cualquiera cayese bajo el yugo de una potencia europea. Al mismo tiempo, EEUU tenía un interés vital en que los estados sudamericanos se gobernaran a sí mismos de forma democrática. Rechazaban de forma clara la penetración europea en Sudamérica, pues querían evitar que se produjese un reparto colonial semejante al ocurrido en África.

Por supuesto, los EEUU asumían una posición de hegemonía y se erigían en protectores del Hemisferio Occidental mediante esta proclama, que había sido una declaración unilateral de EEUU en la que no se consultó a los estados sudamericanos, entre otras cosas, porque no preveía la posibilidad de una relación más estrecha con ellos, sino que iba dirigida claramente contra Europa. Sería más adelante cuando se utilizó esta Declaración como legitimadora de las intervenciones estadounidenses.

Esta idea de América adquirió a lo largo del siglo XIX una formulación más agresiva. La expansión continental estadounidense había reavivado una serie de ideas con un trasfondo de misión histórica específicamente norteamericana. Esta ideología expansionista, centrada primero en el Oeste, fue bautizada como ‘Destino Manifiesto’: la colonización y la posesión del continente era el destino patente de los EEUU. Esta idea se alimentó también con otro tipo de argumentos, como que el imperio mundial se trasladaba de Este a Oeste (China, Persia, Grecia, Roma, Sacro Imperio Romano Germánico, Imperio Napoleónico, Imperio Británico, y ahora EEUU).

Esta ideología del Destino Manifiesto tenía un carácter universalista y las demás naciones del continente americano fueron automáticamente incluidas, pues debían compartir la felicidad de la nación norteamericana, incluso por la fuerza. Esta misión civilizadora, era además altruista, y debía llevarse a cabo antes para el bien de las otras naciones que para el provecho norteamericano.


La historia no contada de Estados Unidos. Capítulo 8.
La historia no contada de Estados Unidos, capítulo 8. 
En la imagen, Manuel Antonio Noriega, Presidente de Panamá (1983-1989)







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