jueves, 26 de diciembre de 2013

Historia y arte


Los comuneros en el cadalso.
Obra de Antonio Gisbert (1860)


En el primer tercio del siglo XIX, surgió en España una nueva temática pictórica, la pintura de Historia. Lo que al principio comenzó siendo una corriente minoritaria y poco cultivada, se transformó, a mediados de la centuria, en el género más importante merced al gran volumen de obras que se producían. Los temas representados exaltaban la Historia de España, especialmente a través de sus personajes más significativos o de los grandes hechos de armas que contribuyeron a la forja de la nación española. En este sentido, algunos episodios se hicieron tremendamente populares, como la Guerra de Independencia, Sagunto, Numancia, la Reconquista o los Reyes Católicos.  Se trata siempre de cuadros de gran formato que, la mayoría de las veces, fueron adquiridos por las instituciones públicas. De esta manera, son las obras que presiden actualmente muchas estancias en el Senado, el Congreso de los Diputados, los Ministerios, las Diputaciones...

Uno de los primeros autores en practicar la pintura de Historia fue Eduardo Cano de la Peña, considerado por los especialistas como el autor que inaugura la temática de la pintura de historia en nuestro país. Su obra más conocida es Los Reyes Católicos recibiendo a los cautivos cristianos. Lo que muestra es la compasión de la reina al recibir a los cristianos católicos que fueron liberados después de que las tropas cristianas conquistaran Málaga en 1487 en el transcurso de la Guerra de Granada.


Cervantes y Juan de Austria. 
Obra de Eduardo Cano de la Peña (1865)
Una obra muy importante, aunque eclipsada por el resto, es Las hijas del Cid (1871), del pintor Dióscoro Teófilo de la Puebla (1831-1901). Cuenta el ultraje que sufrieron las hijas del Campeador a manos de sus esposos, los Condes de Carrión. Doña Sol y doña Elvira aparecen atadas a un árbol en el robledal de Corpes y, lo más importante, está semidesnudas. De la Puebla aprovecha el momento como una excusa para probar su habilidad con el desnudo femenino. Debe observarse que el desnudo es el protagonista del cuadro. El pintor dota a los arboles del fondo de un espesor con una amplia variedad cromática, siempre oscura, para remarcar aún más los cuerpos de las hijas del Cid. Pese a las buenas críticas del público, la comisión encargada de juzgar las obras en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes no la premió aduciendo que le faltaba dramatismo.


Las hijas del Cid. Dióscoro Teófilo de la Puebla (1871)

A mediados del siglo XIX, un autor alcanza la excelencia en su pintura de historia, José Casado del Alisal. Una de sus obras El juramento de las Cortes de Cádiz, preside actualmente el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Es el nacimiento del parlamentarismo español, y el primer intento de instaurar un régimen democrático. No es de extrañar que esta obra sufriera los vaivenes de la Historia, especialmente durante el sexenio revolucionario, siendo rescatada por los liberales cuando ascendían al poder y retirada por los conservadores, que siempre renegaron de "la muy liberal Constitución de 1812".


El juramento de las Cortes de Cádiz
Casado del Alisal (1862) 

Pese a ello, su obra más conocida es otra en la que los valores españoles de patriotismo e independencia se exaltan mucho más que en la anterior, la primera batalla terrestre perdida por las tropas napoleónicas en toda Europa. Es evidente que un acontecimiento tan importante como la batalla de Bailén ( tan ensalzado por algunos literatos como Galdós) no podía pasar inadvertido para nuestros pintores. Casado del Alisal recrea con gran maestría el momento en el que el general Dupont se rinde ante el general español Castaños aquel 19 de julio de 1808. Cuando Napoleón se entere de la noticia, encabezará personalmente un ejército para pacificar la Península Ibérica.

Es evidente que la composición está estructurada siguiendo el modelo de Las lanzas, lo cual constituye un homenaje a Velázquez y a la Historia de España. En un momento en que el poder español en Europa ya declinaba, Velázquez pintó una de las pocas victorias conseguidas por las tropas españolas en el siglo XVII. No deja de ser lo mismo que trata de hacer Casado del Alisal, inmortalizar un momento de triunfo entre un sinfín de derrotas.



La rendición de Bailén,
Casado del Alisal (1862)

Seguramente, uno de los autores más representativos sea Antonio Gisbert (1834-1902). El tema fundamental de sus obras está relacionado con la libertad y constituye un canto contra los gobiernos autoritarios.

El fusilamiento de Torrijos  es sin duda su obra paradigmática. Cuenta la historia de  José María de Torrijos (1791-1831), un destacado personaje en el panorama político español del primer tercio del Siglo XIX. Ocupó los cargos de Capitán General de Valencia y de Ministro de la Guerra durante el periodo del Trienio Liberal, pero la restauración de Fernando VII en el trono gracias a la ayuda de las potencias de la Santa Alianza, le obligaron, como a tantos otros, a partir al exilio. Desde Londres planificó un levantamiento que fracasó, llevándole al cadalso junto a sus colaboradores.


El fusilamiento de Torrijos.
Antonio Gisbert (1888)
Los prisioneros que van a ser ejecutados se alinean a pie y maniatados, de frente al espectador. Torrijos encabeza el grupo y se dispone en el vértice, cogiendo de las manos a sus compañeros, Flores Calderón y Francisco Fernández Golfín, ex ministro de la guerra, que está siendo vendado por el fraile. Conocemos a otros tres personajes: el coronel López Pinto, el oficial inglés Robert Boyd y Francisco Borja Pardio, éstos dos últimos con la mirada baja. El conjunto se completa con los los frailes que tapan los ojos a aquéllos que lo solicitan mientras uno de ellos lee en voz alta textos sagrados. En primer plano pueden contemplarse los cadáveres de los que ya han sido ajusticiados, un claro recurso goyesco. El empleo de una gama de color fría subraya la sensación desapacible de la escena y lo terrible del desenlace.

Compitiendo con Gisbert por la primacía en la pintura de historia nos encontramos a Francisco Pradilla (1848-1921). Como puede verse por su cronología, es uno de los últimos autores en cultivar este género. Suyas son dos de las obras más conocidas y galardonadas del panorama pictórico español decimonónico, Doña Juana la loca ante el sepulcro de su esposo y La rendición de Granada.


Doña Juana la loca ante el sepulcro de su esposo.
Obra de Francisco Pradilla (1878)
En Doña Juana la loca ante el sepulcro de su esposo, Pradilla nos está narrando una de las historias más tristes y conmovedoras de la hija de los Reyes Católicos. Es el momento en que, muerto Felipe, Juana vagabundea por Castilla con el féretro de su marido para darle sepultura en Granada. A tal punto llega su demencia, que el cortejo marcha sólo de noche para evitar que las mujeres contemplen a Felipe. De hecho, en la imagen aparece una de las pausas de aquéllos interminables viajes. En esta ocasión, la reina decide pasar la noche al raso, denegando un ofrecimiento del convento que se ve al fondo, ya que se trataba de un convento de monjas. La figura de doña Juana centra la composición. Viste un grueso traje de terciopelo negro que pone de manifiesto su avanzado estado de gestación, y en la mano izquierda podemos ver las dos alianzas que indican su viudedad. La zona derecha de la composición está presidida por la hoguera y el humo que ha provocado una fuerte ráfaga de viento. A su alrededor vemos a los miembros de la corte que acompañan a la soberana en el viaje, reflejando sus rostros el abatimiento, la compasión hacia la reina o el aburrimiento.


La rendición de Granada. Francisco Pradilla (1882)

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