jueves, 19 de diciembre de 2013

Isabel II: Revolución y exilio

Isabel II

Muchas fueron las situaciones difíciles a las que Isabel tuvo que hacer frente a lo largo de su vida y su reinado, donde se sucedieron las conspiraciones, los atentados, las inestabilidades y las revueltas. Pero posiblemente, el momento más duro y  espinoso para ella fue precisamente el que provocó su salida del trono: la Revolución de 1868.

Isabel II, en el
ocaso de su reinado

En 1867 muere O’Donnell y al año siguiente Narváez, ocupando González Bravo la presidencia del gobierno. Antes de que se produjeran estas muertes la revolución ya se podía sentir, pero eran precisamente O’Donnell y Narváez los que contenían la desintegración del sistema, mientras el resto de partidos políticos endurecía sus campañas de descrédito dirigidas desde la prensa hacia Isabel. Sin embargo, las causas de la revolución son mucho más profundas y alejadas en el tiempo, influyendo entre otras cosas la coyuntura de crisis económica y del sistema político, la intervención de políticos, militares e intelectuales criticando la situación existente y proponiendo alternativas, sin olvidar a la población sobre todo urbana, cada vez más implicada e interesada en la política y en la marcha del país.

Para intentar evitar la revolución, en julio de 1868 González Bravo, un civil que actúa con mano dura pero que no cuenta con autoridad dentro del ejército, destierra a destacados generales entre los que están Serrano, Dulce, Zabala, Córdoba, Echagüe…, y también a los Montpensier, que se sabe están aliados con los revolucionarios y pretenden ocupar el trono tras la marcha de Isabel. Pero aquí no acaba la actuación de González Bravo, que poco a poco va aislándose a sí mismo y a la monarquía, hasta que se queda sin apoyos ya que cuentan con la enemistad de progresistas, demócratas, unionistas (…) también el poder económico les vuelve las espaldas, al igual que sectores de las clases medias y populares del mundo urbano.

Así las cosas, Serrano, que había sido designado por O’Donnell nuevo dirigente de Unión Liberal, se alió con los progresistas de Sagasta y los demócratas de Prim para destronar a Isabel, aunque su unión no fuera sólida, pues desconfiaban unos de otros y cada uno había pensado en su propio candidato al trono.

Revolución Gloriosa, Cádiz, 1868
Reunidos los revolucionarios en Cádiz, el 18 de septiembre el almirante Topete se subleva al frente de toda la escuadra, al tiempo que proclaman el manifiesto España con honra, donde explicaban los motivos de la sublevación, criticaban la situación anterior y exponían sus proyectos. Serrano se pone al frente de las tropas de Sevilla y parte hacia Madrid sin encontrar apenas resistencia. En Alcolea se enfrentará al marqués de Novaliches, que manda las tropas leales a Isabel, derrotándolo con facilidad.

Mientras todo esto ocurría, Isabel se hallaba veraneando en Lequeitio. La situación que se le presentaba era complicada y debía decidir entre quedarse o huir. Teniendo en cuenta que no había muchos dispuestos a defenderla y lo cerca que estaba la frontera puede que su única opción fuera la que tomó: marchar al exilio.

Cuando Isabel abandonó el país supo que sus días como reina habían terminado a pesar de que guardaba la esperanza de volver algún día. Quizás por este motivo o porque no quería colocar a su hijo en el centro de la tormenta política que había provocado la revolución, decidió no abdicar y marchar a Francia. Ya no regresaría a España hasta tiempo después, y cuando lo hacía era por periodos no demasiado largos.

Se había ido desolada y apenada, creyendo tener más raíces en este país, viendo como uno de los hombres que ella tanto había querido, el general bonito, había sido uno de los que más habían trabajado para destronarla. El general Serrano presidía ahora el Gobierno Provisional constituido en octubre.

Isabel II, en
 su exilio parisino
Tras pasar una temporada en Pau, la Familia Real se trasladó a París, donde se instaló en el palacete Rohan de la calle Rívoli para luego trasladarse al palacio Basilewski de la avenida del Rey de Roma, más tarde avenida Kleber y que Isabel rebautizó como Palacio de Castilla. Aquí estableció Isabel una corte en miniatura, que mantiene gracias a la dotación que se le envía desde el gobierno de España. Aunque le hubiera gustado traerse a más gente, su nueva situación la obligó a controlarse en los gastos e imponerse una austeridad que le había faltado en sus años de Reina.

Es ahora cuando Isabel y Franciso de Asís ya no tienen que mantener las apariencias y deciden separarse. Él se dedicará a vivir libremente sus aventuras amorosas, que serán bien conocidas y comentadas en París, como la que mantuvo con la cantante Hortensia Schneider, aunque de vez en cuando volverá al lado de Isabel con peticiones y exigencias, intentando hacer valer sus derechos como marido. Mientras, Isabel continuará su historia con Carlos Marfori, que la siguió al exilio, aunque como ocurrió anteriormente, llegará el momento en que deberán separarse.

Isabel II y su hijo,
el futuro Alfonso XII

Tiempo después, y tras infructuosos intentos de volver al trono de España, el 25 de junio de 1870 Isabel abdicó en favor de su hijo Alfonso en una ceremonia celebrada en el Palacio de Castilla y a la que asistió su familia y algunos Grandes de España y políticos. Se alejará así de la política, al tiempo que su vida se vuelve más reposada.

Los sucesivos viajes de Isabel a España serían en calidad de Reina Madre, ya no de gobernadora. Serían viajes cortos para no dificultar la buena marcha del país y en los que Isabel tendría la oportunidad de ver que en España se la quería, de la misma forma que ella siempre quiso a España, como dejó en su testamento:


Que se haga saber a la Nación española, después que yo fallezca, que he muerto amándola, y que, alcanzada la presencia de Dios, intercederé por su prosperidad.

Falleció el 9 de abril de 1904 a los setenta y tres años de edad. Fue enterrada en el Panteón de Reyes de El Escorial junto a su marido, que había fallecido dos años antes.




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